sábado, 1 de junio de 2013



¿Qué voz hay que tener?
Andrea. Un melodrama rioplatense

 “La biología hace sus bromas
y esta sociedad tiene poco sentido del  humor”


Hacia la década del 70 el género cinematográfico de terror divulgó figuras monstruosas. Entre ellas, la de las mujeres (poseídas por el diablo) que hablaban con voz de hombre (Friedkin, El exorcista, 1973) y la de los muertos vivos (Romero, La noche de los muertos vivientes, 1968). Tales figuras metaforizaban el repudio de una sociedad atemorizada por lo diferente.
A partir de su refuncionalización, Edgar de Santo recuperó estos dos motivos en Andrea. Un melodrama rioplatense. Su film actualiza la exclusión y demonización producida por discursos hegemónicos de binaridad genérica. Tras encontrarse prisionera por dichos discursos, el desenlace se produce con el paseo de Andrea y su idílico amor tal zombies vagabundos en un cementerio. Dicho espacio opera como metáfora de discursos normativos sepultados. A su vez, la pareja de zombies personifican  aquellos cuerpos que nuestra sociedad enterró vivos.
Edgar de Santo realizó un homenaje a la deconstrucción no solo de un pensamiento ya clásico sino también del cine clásico. Por un lado, el director de Andrea dinamitó las posibilidades de la identidad femenina como categoría representacional unívoca y estable. Por otro lado, si bien De Santo citó los mencionados motivos cinematográficos, los tensionó y rizomatizó resignificandolos y  multiplicando sus sentidos. Por su parte, desde la aparición del cine sonoro, la industria del cine clásico había puesto todo su empeño para que la voz reduzca las ambigüedades de los enunciados visuales.  Las vanguardias históricas y luego las películas modernas fueron quienes desestabilizaron la unidad del sentido, al tiempo que, despertaron al espectador del sueño al que cine clásico hollywoodense lo había sometido. De Santo recuperó procedimientos estéticos tanto de unos como de otros. En este sentido,  Andrea  se caracteriza por un montaje desestabilizador, de mirada  dinámica, dislocada, fragmentada, invertida, alternada, en primeros planos y planos detalles, contra picados y picados, dípticos y trípticos; una sinfonía de dobles paisajes verticales divididos por un mismo cielo o paisajes que retroceden en vez de avanzar hasta fundirse a negro; un cine dentro del cine y  sobreimpresiones de discursos y relatos que cuentan “una historia tan sencilla que parece una vida” pero jamás a partir de un lenguaje unívoco, estable y fijo, transparente y natural como pretendió la narración del cine clásico.
De esta manera, De Santo desarticuló la unidad de sentido atribuida tanto al binomio sexo-género como a la articulación palabra-imagen instaurada por el cine clásico. Tal desarticulación propuesta amplió el campo ontológico de lo posible. No obstante, como nos señaló Andrea, aun nos falta mucho (sentido del humor) para comprender las vueltas de la naturaleza y su relación con las conceptualizaciones culturales establecidas.







                            




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